Un perfil profesional no compite por la atención de cualquiera. Compite por la de alguien en particular: la persona que está buscando resolver algo y que, al leerte, decide si tiene sentido escribirte. Cuando ese perfil intenta servir para todos los casos posibles, deja de servir para el que importa.
Elige a quién quieres ayudar
siente que cerrar una puerta es perder una oportunidad. Pasa lo contrario: mientras el perfil no elige, quien lo lee tampoco puede reconocerse en él. La decisión de a quién le hablas es la que después ordena el titular, la descripción y hasta el tono del mensaje que envías.
Define a quién ayudas, con una situación concreta
Elegir una audiencia no alcanza si se queda en una etiqueta. «Empresas», «reclutadores» o «startups» no son audiencias: son categorías. Describir a quién ayudas significa pensar en una persona o un equipo en una situación concreta. Un equipo pequeño que necesita ordenar la información que hoy vive en hojas de cálculo. Una persona que tiene que presentar resultados cada semana y pierde horas armándolos a mano.
Identifica el problema
Aquí conviene ser honesto con el propio alcance. Un problema que entiendes a medias se nota en cuanto empieza la conversación. Uno que sí comprendes te permite hacer buenas preguntas, y hacer buenas preguntas ya es parte de la solución. Es mejor nombrar un problema acotado y hablar de él con criterio que prometer una transformación completa que todavía no puedes sostener.
Elimina las frases genéricas
Cambia adjetivos por evidencia y ejemplos. En lugar de decir que aprendes rápido, cuenta qué construiste y en cuánto tiempo. En lugar de decir que trabajas bien en equipo, describe el proyecto, tu parte y cómo se resolvió lo que se complicó. Un proyecto terminado, una herramienta que dominas o una situación que resolviste dicen más que cualquier lista de
cualidades, porque se pueden verificar.